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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

El santoral incompleto

23.06.2007 
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Hay una labor por arriba que la Xunta está haciendo muy bien al agrupar a los empresarios principales, y convertirlos en una especie de selección gallega de los negocios. Ese equipo no existía. Verlos a casi todos juntos, con sus millones de euros y de ideas, es una imagen insólita en un país donde el minifundio echó raíces también en la mentalidad emprendedora.

Porque también en lo que al mundo empresarial se refiere, éste es un sitio de llaneros solitarios, de intuiciones geniales, de chispazos que de repente alumbran empresas que dejan atónitos a los expertos. El problema de los llaneros solitarios es la soledad, la pena es que su recorrido empiece con ellos y se acabe con ellos.

Es lo que ha sucedido ya con más de una empresa que se tambalea o cae en otras manos por falta de una sucesión adecuada. La Xunta va al rescate de experiencias que quedan truncadas, de plusvalías en busca de nueva orientación, de espíritus emprendedores que no se resignan a vivir de rentas, de altos ejecutivos que tampoco desean el dolce far niente, y pone todo eso a entrenar para que los jugadores no se oxiden.

Además de este trabajo por arriba, hay otro por abajo que aún está pendiente. Ahora que se pone en marcha la asignatura de ciudadanía, no estaría mal empezar a inculcar en los chavales gallegos la idea de que el buen empresario tiene tanto derecho a figurar en el panteón de gallegos ilustres como el político, el escritor o el antiguo guerrero. Cuando empezamos a tener nuestros Ford, sería bueno hacer con ellos igual que los americanos y situarlos como ejemplo para las ciudadanos del futuro.

Ese cambio en la percepción de la actividad empresarial sigue sin producirse, a pesar de todo el rodaje democrático de estos años. Desde luego que se ha superado la visión maniquea del empresario depredador, no muy diferente al que presenta Dickens en sus novelas. Sin embargo, persiste el recelo. En un c0nflicto social en el que aparece implicada una empresa, hay un movimiento reflejo que lleva a considerarla culpable, o al menos sospechosa.

Lo que ha sucedido con Reganosa, o con el plan para privatizar los astilleros de Fene, son un par de ejemplos de ese prejuicio. El patrón de una cofradía y unos cuantos mariscadores ponen en jaque a una empresa estratégica que proporciona mucho más empleo directo e indirecto que el marisqueo. Políticos y ciudadanos dicen en privado que es una barbaridad, pero el problema sólo se supera al final con maniobras orquestales en la oscuridad de secretos diplomáticos que para sí quisiera Condoleezza.

En cuanto a la privatización de la antigua Astano, en lugar de recibirse como la solución para unas instalaciones ociosas, se ­especula con las ocultas intenciones de Barreras, que finalmente opta por acogerse a la hospitalidad que el régimen comunista chino ofrece a los empresarios. Se da así la paradoja de que un Estado teóricamente anticapitalista mima una iniciativa empresarial a la que ponen todo tipo de pegas en una comunidad en principio capitalista.

De ahí que ese meritorio trabajo para formar la selección gallega de los negocios esté incompleta mientras no se logre fomentar en la sociedad una visión distinta del empresario. Si se hace lo primero, y se descuida lo segundo, tendremos un equipo excelente, con una afición que lo mira con desconfianza. En la historia de los países hay una fase inicial en la que el santoral está copado por escritores y políticos. En la siguiente, tienen que entrar los empresarios.