El Correo Gallego

Noticia 1 de 1 Opinión » Firmas

a bordo

CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

Rodaballo emigrante

05.01.2007 
A- A+

El lugar elegido no se sitúa en un lejano rincón de la costa africana. Tampoco se trata de un sitio degradado por incontables industrias pestilentes del que huye el turismo. Sus habitantes no forman parte de tribus ignorantes a las que se puede engañar con unas cuantas promesas y un par de empleos mal pagados. El Gobierno que acoge con entusiasmo al proyecto no está formado por gente que desprecie el medio ambiente, ni pertenece a un partido lacayo del capitalismo multinacional, neocon, o seguidor del llamado liberalismo salvaje.

Si así fuera, habría que decir que la Xunta hizo bien al rechazar la planta acuícola de Touriñán. Si la noticia fuera que Pescanova se llevó su inversión a una cloaca política y ecológica, tendríamos la prueba irrefutable de que sólo quería aprovecharse de la necesidad de desarrollo que tiene la Costa da Morte. En ese caso, el Ejecutivo gallego habría hecho lo correcto cuando se opuso, preservando el cabo de una atrocidad.

Resulta sin embargo que el Gobierno, que aprueba, vitorea y subvenciona la construcción de la granja marina, es socialista, y el emplazamiento es turístico, y sus pobladores son al menos tan inteligentes como nosotros. El país receptor del dinero pertenece a la Unión Europea y está sujeto por tanto a las mismas exigencias medioambientales que Galicia. El municipio portugués de Mira y el gallego de Muxía sólo se diferencian en el modelo industrial que tienen Jose Socrates Carvalho Pinto de Sousa y Emilio Pérez Touriño. Sólo eso explica que la mayor granja de rodaballo del mundo vaya a estar al otro lado del Miño.

Sería injusto culpar solamente a don Emilio y a la conselleira de Pesca de esta fuga. Ambos son rehenes de una perversa cultura que se afianza en Galicia en los últimos años, y que consiste en desconfiar por sistema de cualquier proyecto industrial. Aquí no basta con cumplir los requisitos legales; se necesita satisfacer una legalidad extra que se dicta de forma caprichosa.

A estas alturas, todavía se ignora qué legalidad objetiva, escrita y promulgada, vulneraban los rodaballos que Pescanova quería criar en la Costa da Morte. ¿Tal vez la misma que permite levantar una planta de gas en la ría ferrolana, o construir un megapuerto en otro paraje singular llamado Punta Langosteira? ¿Cuál es el criterio?

Frente al modelo industrial maduro que considera buena la inversión en la costa portuguesa, en Galicia sigue vigente uno inmaduro, que persigue un desarrollo que deje inalterado el medio natural. Como eso no es posible, se recurre a subterfugios como la apelación a industrias de gran valor tecnológico. Bien está esperar a que llegue Bill Gates pidiendo terrenos para implantar Microsoft, pero mientras tanto podríamos cuidar lo que se tiene, como la acuicultura.

Hay en el mundo más o menos desarrollado un muestrario de respuestas a la deslocalización de las empresas. Unos gobiernos fomentan acuerdos con los sindicatos para aumentar la productividad. Otros, más agresivos, ponen en marcha fórmulas para penalizar al capital que emigra. Galicia es un caso especial porque su Administración lo anima para que se vaya.

Pescanova se acomoda en Portugal, y Ence amplía su presencia en Asturias, gracias, por cierto, a otro Gobierno socialista. Ni Asturias ni Portugal son ejemplos de territorios que malgasten su patrimonio natural, pero se niegan a ser una especie de reserva donde el único medio de vida sea el paisaje. Es lo que les va a quedar a los de Muxía. O eso, o buscar trabajo en Mira.